martes, 4 de agosto de 2009

Venezuela, luces y sombras

Ni qué decir tiene que Venezuela es un país controvertido en todos los aspectos. Unos amigos estaban trabajando allí, así que el verano pasado les hicimos una visita, conociendo un país de luces y de sombras en todos los sentidos, partido por la mitad con grietas tan profundas que da vértigo mirarlas.

Una de las luces del país es su naturaleza. Si no hubiéramos estado medio de visita, la ruta podría haber sido otra, incluyendo Los Llanos y Mérida, como hacían otras personas que nos encontramos por el camino.

Nosotros volamos a Caracas con Santa Bárbara, la compañía venezolana que algunos llaman Santa Barbarie, pero… aunque lleva aviones islandeses del año catapún, te ponen según entras un copazo de ron Santa Teresa, para que te lo vayas tomando con calma, pana.

Caracas

Ciudad horrenda donde las haya, combina un paisaje increíble, rodeado de cerros verdes con una arquitectura horrorosa y múltiples favelas que impresionan quieras o no.
Nos quedamos en casa de unos amigos por el centro, al lado del Metro de Sabana Grande. El metro es lo más sorprendente construido en Caracas. Es moderno, seguro y funciona muy bien.

A pesar de lo peligroso de la ciudad, salimos varias noches por allí, visitando El Maní es Así o el sorprendente y divertido Moulin Rouge. Otra noche nos tocó cenar en Mamma Nostra, en el barrio pijo de Altamira y salir por el centro comercial de San Ignacio, lo que resultó bastante cutre, eso de salir por un mall y además, los pijos, son igualitos en el mundo entero.

Como ese año estábamos haciendo un master y vimos el caso Benihana y en España, no hay, decidimos ir a comer a uno en el Hotel Radisson Intercontinental, en Chuao, otra zona de pasta de la ciudad. Nada que destacar al respecto, la verdad.

Fuimos un día al centro, a ver el Palacio de Miraflores y algunos experimentos de recuperación arquitectónica del centro que quedan como islotes de inversión en obra pública en medio de un caos descomunal.

Subimos al Cerro del Águila en teleférico, cosa que no hay que dejar de hacer, un remanso de tranquilidad por fin. Nosotros volvimos a bajar en teleférico, pero, al parecer, lo chulo es bajar caminando.

Puerto Ordaz

¿Podría haber una ciudad más fea y peligrosa que Caracas? Sí, claro, Puerto Ordaz.
Llegamos en un vuelo de Aeropostal. La mayoría de los venezolanos desaconsejan esta compañía pública, pero realmente es barata, cómoda y puntual, ningún problema, excepto hacer reservas que sólo consigues hacerlas en persona en el aeropuerto. Te apuntan en un cuaderno y no te aseguran nada, pero suele haber sitio. Las compañías privadas no funcionan mejor.

Íbamos como paso intermedio en nuestro camino a Canaima, excursión que organicé desde Madrid con Cactus Tour, una pandilla de sinvergüenzas.

Afortunadamente sólo me timaron unos euros, tal y como veía venir, nos hicieron esperar horas hasta ir a buscarnos al aeropuerto, nos mintieron un poco…, pero todo lo demás salió bien.

Nos quedamos en la Posada Kaori, humilde y no muy terrible, si no fuera porque nuestro cuarto daba a los generadores que hacían bastante ruido por la noche. De todas maneras, estábamos tan cansados, que… Al menos los empleados eran amables.

Fuimos al parque de La Llovizna, donde nos cayó una tormenta monumental, pero es un parque realmente bonito. Ya no nos daba tiempo a ir al otro parque famoso de la ciudad y nuestro conductor no nos quiso llevar a ningún otro sitio que no fuera el Orinokia, ¡otro centro comercial! Según él, era lo único seguro para pasear. Terminamos cenando en un Friday’s y bebiendo cervezas a saco, mientras veíamos las olimpiadas en la tele muy triste.

Canaima

Al día siguiente salimos para Canaima. El vuelo es impresionante. Si el día es despejado y los pilotos se enrollan, pueden llevarte a sobrevolar el Salto del Ángel. Pero de todos modos, el lugar es impresionante.

Los guías de Canaima, indígenas, son súper profesionales y atentos. Los campamentos son un tanto cutres, pero bueno.

Te llevan varias horas en canoa por el Churún. A nosotros nos cayó una tormenta de unas tres o cuatro horas, pero aguantamos. Llegamos al campamento de hamacas al pie del Salto y los guías prepararon pollo en vara asado, que no pollo "embarasado", muy rico.

Al día siguiente subimos a pie hasta quedar en frente del Salto, con unas vistas espectaculares. Es una excursión para no perdérsela, sin duda.

Choroní

Decidimos hacer una excursioncita a Choroní, pueblo más o menos cercano a Caracas, lleno de locales disfrutando de la playa.

Cogimos un autobús, o más bien buseta con la cumbia a todo trapo hasta Maracay y allí otra a Choroní. Según empezó el viaje, la caja de cambios de la buseta se estropeó, así que, sin ninguna explicación por parte del conductor o del revisor, fuimos a un pueblo a buscar una manivela.

Cuando la encontramos, el conductor se puso a arreglar la buseta, mientras otras, ya empezaban a adelantarnos.

Después seguimos viaje y nos paró la policía, que nos hizo bajar a todos, menos a un niño de un cerrito de Maracay que se nos acopló todo el viaje y que se escondió bajo los asientos. Nos pusieron en fila las mujeres en una, los hombres en otra y nos pidieron la documentación.

Tras interrogar a un italiano despistado y un rato de espera, seguimos camino.
Para ir a Choroní, hay que atravesar un puerto de montaña, que supongo, es parte del Parque Natural Henri Pittier. Precioso, pero la carretera era vieja, llovía a cántaros, se formaban ríos y nuestra buseta seguía con la caja estropeada, parando de vez en cuando a ajustarla, tocando la bocina a 70km/h y sacando medio vehículo de la carretera en cada curva.

La primera hora fue hasta divertida, la tercera se me hizo dura y tuve que contener casi un ataque de ansiedad.

Choroní es curioso, porque muestra un buen abanico de clases sociales, compartiendo espacio (qué raro) en Venezuela. Mis amigos estaban la Posada El Picure, en el pueblo, a unos kilómetros de la playa. Cuando llegamos nosotros, mucho más tarde de lo esperado, ya no había lugar, así que nos fuimos para la playa a buscar alojamiento. Tras varias horas, decidimos gastar más pasta de la prevista y nos alojamos en el Hostal Casa Grande. La verdad es que después de tanto estrés y la tralla que llevábamos encima, nos supo a gloria bendita una piscina, el aire acondicionado y un añorado toque europeo.

Salimos a cenar, arepa, por supuesto por el paseo marítimo, vimos bailar tambor y a dormir en nuestras súper camas.

A la mañana siguiente diluviaba, así que nuestra ilusión de ir a Chuao, se echó a perder. Un par de megapijos venezolanos, nos invitaron a sentarnos en su mesa para el desayuno y tras contarles cómo habíamos llegado, nos ofrecieron llevarnos de vuelta a Maracay en su Mercedes. Muuuucho mejor, ¡debo confesar!

Nos regalaron su cava (nevera de poliespán) con vodka incluido. El gran invento venezolano de ir a la playa con nevera, sombrilla y mucho alcohol, es sin duda, uno de los grandes aprendizajes del viaje.

Chichiriviche

De ahí, decidimos tirar para Chichiriviche, otro lugar de vacaciones bastante popular. El pueblo es casi tan feo, como los demás. Realmente parece Texas o algo así, pero además, sucio. Se nota que es un país petrolero.

Nos quedamos en la Posada Orioli Chipi. Muy correcta y con buen precio que logramos negociar, ya que no había luz cuando llegamos. Pero después estuvo bien, con su piscinita y todo. El dueño es tan antipático como es habitual allí, pero es una antipatía sin maldad, más bien de desgana. En realidad el hombre se portó muy bien con nosotros. Nos arregló una excursión en peñera (barca) a las Cuevas del Indio y de la Virgen y después nos quedamos en Varadero.

A la noche fuimos a cenar a un restaurante vasco del paseo marítimo, bastante malo y caro y con unos compatriotas bastante poco amigables.

Al día siguiente queríamos ir en peñera a alguno de los cayos de Morrocoy, en concreto a Cayo Sombrero, pero era el más lejano y nadie quería compartir barca hasta allá. Terminamos juntándonos con una familia hacia el Cayo Peraza, paradisíaco y resultó que nos encontramos con el rodaje de un anuncio de una cadena de Reggeaton. Si nos reconocéis moviendo la popola, los más blanquitos y sosos somos nosotros.

Los Roques

Muchas expectativas al respecto. Cuando ves fotos del Caribe, te imaginas una paz increíble, un placer inmenso…, bueno, no es oro todo lo que reluce. Aquí no hubiéramos aguantado más de los tres días que estuvimos.

El plan consiste en quedarse en una posada con todo incluido. Te ponen el desayuno, te preparan una cava con comida y bebida y te arreglan una peñera para que te lleve donde digas, a cualquier isla del arrecife. Allí pasas varias horas con un sol criminal y mejor dentro del agua, porque si no, te comen los zancudos.

Menos mal que decidimos bucear dos días (vimos hasta una barracuda) y el resto del tiempo hicimos snorkel o nos bebimos todo el vodka del mundo.

En realidad es un lugar increíble, supongo que como pocos en el mundo. Corales, azules, agua transparente, los peces de infinitos colores, impresionante.

Por la noche cenas en la posada, te tomas algo en los dos chiringos para guiris que hay y punto.

Nosotros nos alojamos en la Posada La Laguna. Sin aire acondicionado y con unos baños poco inodoros. No obstante la casa era bonita. Lo mejor: la comida de la dueña, que siempre fue abundante y deliciosa. Lo peor…, prefiero no escribirlo…., que sea una sorpresa si alguna vez vais. Recomendación: no vayáis a esa posada si no hay más clientes en la casa, ¡muchos más!

Algunas cosas deliciosas

El jugo de guanábana, la arepa de reina pepiada, el Santa Teresa de naranja, los patacones callejeros, el vodka con naranja en la playa, los corales submarinos.

Manduca, lugares y musiquita

¿Quién quiere más? ¡Espero que os guste!

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